Se supone que hoy tendría que estar dándolo todo con mis prácticas, porque ya mismo termina el curso y toda esa mierda. Pero, sinceramente, tenía ganas de escribir un poquito. Hace más de un mes que no me paro a pensar sobre las cosas con detenimiento. Y lo único que he sacado en claro en el rato en que me disponía a escribir es que los cuerpos son hermosos.
Creo que no hay nada más bonito que un cuerpo humano, desnudo, impermeable, templado. No hay forma más hermosa que la de un brazo de hombre, que la de un vientre de mujer. Da lo mismo el color, da lo mismo la cantidad de carne, da lo mismo el pelo, da lo mismo la suavidad. Un cuerpo, humano, mortal, es lo más puro que el ser humano posee.
Particularmente, me gustan los lunares que se forman en la piel, tan redonditos, sobre todo cuando la piel es muy blanca, porque los lunares resaltan de una manera especial. Y me gustan en abundancia, por qué no. Me gustaría tener más lunares.
También tengo fijación por las muñecas y las manos de los hombres. Cuando son esqueléticas, me resultan de una belleza pasmosa. Cuando me rozan, me hacen sentir protegida, y me hacen sentirme, sobre todo, real. Otra de mis debilidades son las piernas de las mujeres, cuya forma puede llegar a ser realmente perfecta. Y entonces pienso: me encantaría tener esas piernas.
Entre mis grandes obsesiones se encuentran las mandíbulas. Si son muy marcadas me resultan muy masculinas y más atractivas aún. Creo que, en general, me gustan los rasgos muy marcados, no sólo de la cara, sino de todo en general. Que se marque mucho la pelvis, que se marquen mucho las muñecas, y así infinitamente.
Pero, sobre todas las cosas, y como mis estadísticas personales demuestran, me atraen visualmente las caras masculinas afeminadas: Bowie, Axl Rose, Michael Pitt, etc, etc, etc. No entiendo todavía muy bien el por qué, pero supongo que cada persona nace con ciertas prioridades en cuanto al físico.
Sea como sea (y sea quien sea), basta ya de mentes puritanas, por favor. Mostrar el cuerpo al natural no es signo de atrevimiento, ni de provocación, ni siquiera de protesta. Es signo de aceptación y sobre todo de comodidad. Es una manera de darnos cuenta que somos solo huesos y carne, nada más. A la mierda las convenciones sociales. Lo malo es que, empezando por mí misma, la vergüenza de mostrarnos como somos está incrustada en nuestra mente como un quiste. A ver si alguien nos lo extirpa.
