viernes, 20 de julio de 2012

Antojos veraniegos


Tengo ganas de quedarme sola en mi casa, de escuchar música alta, muy alta, los vecinos tendrán que soportarlo. Existe una necesidad en la superficie de mi piel de pasar 24 horas conmigo misma, como si me pudiera desdoblar y hablar conmigo durante largos ratos. Escuchar mis preocupaciones, darme consejos, reírme de mis propias bromas, enfadarme por mis propios fallos. Está claro que todo el mundo sufre de algún delirio mental y el mío creo que es ese. Pensar que hay dos personas en mi cuerpo. Por un lado es genial, porque nunca me aburro, siempre tengo algo sobre lo que debatir, y también siempre llego a algún lado, ya sea bueno o malo. Pero por otra parte, es una putada. Aún no sé muy bien el motivo, pero las cosas no pueden ser simplemente buenas, siempre hay algo que las ensombrece y las tiñe de cierto pesimismo.

Lo único que me apetece últimamente es estar sola, me refiero, pasar tiempo a solas durante un ratito. Lo extraño de todo esto es que, inusualmente, no tengo preocupaciones estos días. No hay nada que me atormente, que me tenga pensativa, que me ronde por la cabeza antes de dormir, que me urja solucionar. No. Está todo en orden, y por eso todo me parece tan raro.

Otra cosa que me tiene mosqueada es que duermo mucho, y yo nunca jamás he dormido más de 6 o 7 horas. Ahora me puedo acostar a la 1, y me puedo levantar a las 12 ¡Las 12! ¡Qué pérdida de tiempo! Por más que pongo el despertador, me quedo sobada una y otra vez. Tendré que empezar a comprender que soy una marmota este verano, y acostumbrarme a perder muchas mañanas que podrían ser deliciosas, pero no lo son.

En verdad, qué complicado es todo. No, no, no. Qué complicado hace la gente que parezca todo. Eso sí. Madre mía, porque, ¿qué necesidad hay de liarlo todo, de hacer que la vida se convierta en un continuo espectáculo de comportamientos infantiles y/o insensatos? Con lo fácil que es, simplemente, vivir. Cojones...

Por el momento, sólo me apetece tumbarme en el suelo, hacer que los cristales casi estallen, beber por mí y por mi espíritu y desgañitarme al cantar. Y una última cosa, encontrar la paz en mi misma. Porque por muchas preocupaciones que no existan ya, nunca estoy en paz, y no entiendo por qué. Pero me gustaría una barbaridad descubrirlo y alcanzar un sucedáneo de nirvana interior que me de la fuerza que necesito para convertirme en esa serpiente que resbala por mis brazos, en esa flor blanca como la leche, en esa reina de otoño que redescubre el mundo, en esa extraterrestre que, por mucho que no quiera, es humana.

Los pensamientos tienen matices. Las acciones, no.