No sé muy bien por qué me ha dado por hacerme un blog y ya está. No sé por qué quiero escribir lo que pasa por mi cabeza (cosa que ya hago en una libreta, o en un trocito de papel, sentada en mi cama o donde sea) en un sitio público, donde todos pueden leerlo. Pero la verdad es que supongo que es una necesidad. De tener mi propio y modesto espacio en el que mis ideas cobran más fuerza.
Siempre he pensado que pienso demasiado. Pienso demasiado en mi futuro, en mis "enfermedades" (esto es, mis vicios), en los números y las letras de las matrículas, en las noches en las que no puedo dormir, en las calorías que consumo, en el tabaco que fumo, en el dinero que tengo que ahorrar para planes infinitos y que rara vez terminan de llegar, en por qué el esmalte de las uñas se marcha tan rápido, en chorradas varias.
Tengo muchos hobbies. Pero la mayoría de la gente no los conoce, la verdad. Son íntimos. Son tan íntimos que a veces ni yo misma sé cuáles son. No me gusta hacer alarde de lo que sé o lo que no. Esa es una de las cosas que no entiendo acerca de mí misma. Muchas veces me dicen cosas buenas sobre lo que hago o lo que digo, y no sé nunca qué decir. Porque, ¿qué se dice? Y yo qué sé.
Me callo muchas cosas que sé, hago como que no las sé ¿Se considera eso mentir? No entiendo mi comportamiento, pero supongo que es una manera de proteger mi cerebro, mi pequeño mundo que a veces gira sólo entorno a sí mismo. Por este mismo motivo, muchos de mis hobbies sólo los comparto conmigo misma, y, si soy sincera, creo que es la mejor manera de disfrutarlos, definitiva y rotundamente.
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A veces me pregunto: ¿cómo se sentirá el tener una pistola en las manos? Puf, yo me conformaría tan solo con disparar al cielo y sentir como mi brazo retrocede automáticamente y tiembla.
Mi corazón cada vez es más frío aquí, pero, a la vez, cada vez más cálido con la vida, con las nuevas caras que se asoman a mi ventana, con las nuevas canciones que me inspiran para vivir un día más de mi patética existencia. Siempre he pensado que no soy de escenarios fijos, yo necesito movimiento. Y sólo espero que llegue pronto, porque me voy a volver loca, me terminaré arrancando los pelitos uno a uno como no cambie mi situación vital.
Soy una persona como otra cualquiera. Estoy hecha con grasa animal, ojos, rodillas, uñas que crecen y que no sienten nada cuando las cortas; tengo saliva en la boca, neuronas, vello púbico. Si no duermo lo suficiente, me salen ojeras y me caigo por las esquinas cuando llegan las 6 de la tarde. Si como demasiado, me entran unas incontenibles ganas de expulsar la comida por donde ha entrado y sólo quiero reposar para que eso no suceda. Si me bebo 2 litros de agua, tendré que acercarme al baño en menos de 30 minutos. Si me pica un pie, me lo rasco, aunque siempre termino haciéndome cosquillas, así que no me queda otra que acudir a una alfombra y restregarlo en ella hasta que no pique más. Si me corto con la hoja de un papel, sangro más o menos, dependiendo de la profundidad del corte. Tengo cabeza, corazón y tripas. El alma no existe. O existe y es la combinación de la cabeza, el corazón y las tripas. Nunca lo sabré y tampoco es que importe mucho.
Como todo el mundo, hay ideas que obsesionan mi cerebro y lo llenan de problemas inexistentes en la práctica. A veces, desearía no estar en tal lugar y desaparecer del mundo por una tarde; otras veces, en cambio, me encantaría quedarme en tal otro lugar hasta el infinito.
La nostalgia es un sentimiento fuerte. Uno de los más fuertes sin lugar a dudas. Últimamente, pienso mucho en los días en la costa este del “Nuevo Mundo”. Las tardes con Pepper, el perro más lindo que yo haya podido cuidar, mientras jugaba con él, acariciándolo, hablándole, evitando su lengua en mi cara, mirándolo a los ojos. Recuerdo su cabecita, sus orejas, sus delgadas patas, sus cicatrices, su olor, su ladrido. Recuerdo cuando se sentaba a mi lado mientras me fumaba un cigarro en el estudio, mientras atardecía afuera, mientras observaba las ventanas blancas y sucias, y los mosquitos se apoderaban del patio. Recuerdo su patita en mi pierna, molesta; hacía algo de daño si la mantenía durante mucho tiempo sobre mí. Pero no importaba, éramos dos seres en un espacio y un tiempo comunes, compartiendo un trozo de nuestra vida en silencio.
Recuerdo las cerillas rosas, las estanterías desordenadas, todo lleno de polvo. Recuerdo salir a la calle y asfixiarme con la humedad de Washington, insoportable. Recuerdo las casas, el césped bien cortado, la gente pasando. Recuerdo los buzones, los periódicos envueltos en plástico en los patios, las aceras grises lisas, las banderas en cada casa, cada maceta. Recuerdo el parque donde Pepper jugaba con la pelota, y lo difícil que era luego quitársela de la boca. Recuerdo el olor a flores que había por todo el barrio, como cuando de pequeña iba a la playa.
Recuerdo las noches, las recuerdo muy bien. Cada vez que me tumbada en la cama, duchada, perfumada, tranquila, pensaba en el día de mañana: en preparar el desayuno, en vestirme con otro modelito turístico, en coger algo para picar de camino al metro, en los “buenos días” de Pepper, que resultaban ser casi siempre una mierda (literal) en el salón. El largo camino hasta llegar a nuestro destino, el sudor de la mañana, el inútil intento de alisarme el pelo, las deliciosas cookies, los sandwiches que mi tía preparaba. Nuestras visitas constantes al supermercado, lleno de 1000 tipos de salsas diferentes.
Los recuerdos, los cerebros, las emociones, las experiencias. Eso es lo que nos diferencia. No cambiaría mi cerebro por otro nunca en mi vida. Con sus recuerdos buenos y sus recuerdos malos, quiero que todos y cada uno de ellos se conserven en mi cabeza hasta el final.
"No es una cuestión de amor, es una cuestión de tiempo"
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