Hoy es de esos días en los que tu cerebro va más rápido de lo que tu mente puede procesar. Las ideas se escapan todo el tiempo, qué fastidio. Me dan ganas de parar el pensamiento por un momento, apuntar las barbaridades que se me pasan por la cabeza llena de electricidad, y darle al play de nuevo. Pero me temo que eso es imposible a día de hoy.
Creo que lo que estoy viviendo es un momento de inflexión en mi vida. ¿Cómo saberlo? Muy fácil. Cuando todo va mucho mejor contigo misma. Ahí está el punto de inflexión, ¿no lo ves? Pues te aseguro yo que sí, que es ese momento.
A veces mientras escribo esto se me escapa una sonrisa minúscula que me provoca risa de lo absurdo de la situación, por lo que sonrió más, y al final terminó enseñándole los dientes al aire y entonces sí que parezco gilipollas. Así estoy ahora mismo.
El momento de inflexión tan ansiado que mi vida necesitaba ha llegado hace poco. No sé exactamente hace cuánto, pero se ha instalado en los últimos días, mientras en mi habitación se concentraba el olor a Red Bull y montañas de ropa aromatizada (esto es, olor a tabaco). Me he dado cuenta porque mi percepción del mundo ha cambiado radicalmente. Para empezar, tengo más fuerza de voluntad, lo cual me preocupaba mucho. No era normal ser una persona tan vaga conmigo misma. Eso se terminó.
También me he dado cuenta de que me importan un comino un montón de cosas que antes tenían una relevancia enorme en mi vida. Ahora es como si hubiera estado bajo los efectos LSD (con la diferencia de que nunca pasó tal cosa) y mis problemas, tan grandes y gigantes, se hubieran desvanecido ... PUM! Ya está. Se fueron más rápido de lo que habían venido. Simplemente porque es imposible que exista una velocidad mayor a la que puedan ir las cosas que la velocidad a la que se fueron mis rayadas paranoicas.
Me inundan buenos pensamientos, me llenan desde las pestañas hasta los dedos de los pies, en mi cuerpo no cabe ningún sentimiento parecido al desagrado o al disgusto. Me vienen a la cabeza las cosas buenas que están por venir y no me queda otra que sentirme muy complacida con la forma en la que la vida me está tratando este invierno. Bendito sea.
Una vez más, reivindico que las cosas hay que provocarlas. Esta muy bien eso que dicen de "no lo busques, porque entonces no lo encontraras". Y un carajo. Qué me cuentas... vale que no es igual de aplicable a todas las cosas (el amor de tu vida es imposible encontrarlo si lo buscas, por ejemplo, y una caja de cerillas no tiene mayor complicación para ser encontrada). Pero está claro que, en general, los objetivos te los marcas tú y tienes que cumplirlos tú. La suerte no se va a encargar de hacer el trabajo sucio por ti, de eso puedes estar seguro. Así que lo que quieras hacer, hazlo. Ni se te ocurra esperar ninguna señal divina porque no llegará. De hecho, nunca llega.
Y aquí estoy, a 11 horas de tener el segundo examen del semestre. Sin haberme duchado, sin haber repasado, sin haber tranquilizado a mis nervios, que últimamente están bastantes tranquilitos, todo hay que decirlo. Escuchando una preciosidad de canción que me eleva el espíritu hasta las mismísimas nubes.
Sólo quiero que las próximas dos semanas se pasen muy, muy rápido, para poder empezar a hacer lo que mis tripas me piden a gritos. El próximo febrero no será como todos los febreros de mi ya más larga vida.
Yo soy la niña de las listas. Para todo hago listas. Me da miedo no acordarme de algo. Y la lista que estoy preparando es descomunalmente grande, pero no infinita... Así que debe hacerse todo. Desde ir a misa evangélica hasta tatuarme.


