Hacía tiempo que no escribía, sólo porque mis pensamientos caminaban en círculos. Ahora por fin comienzan a trazar una línea recta, aunque a veces se tuercen, pero intento con todas mis fuerzas agarrarlos fuerte con las manos y obligarlos a seguir el camino correcto.
Yo creo que todo es problema de la abundancia. Abundan las modelos, abundan los grupos de música, abundan los deportistas, abundan los profesores particulares, abundan los bebés. Abunda todo demasiado. Así no hay oxígeno para todos, pero parece que no importa, que el mundo sigue girando sobre sí mismo sin importar nada más.
La gente suele decir que vida es sinónimo de muerte, por eso de que mientras vives no haces otra cosa que morir cada día un poquito más. Y yo me pongo a reflexionar sobre el sentido de la vida y me agobio. Es decir, la gente colecciona chapitas, trabaja duro todos los días para ganar dinero, se compra un coche, compran el último número de tal o cual revista, compra discos y los almacenan amorosamente en las estanterías ¿Y eso para qué? Todo ese esfuerzo, ese afán de coleccionar cosas... sí, te sirve, claro que sí, pero, ¿por cuánto tiempo? ¿Tiene sentido que todo lo que hagamos, tarde o temprano, desaparezca? Así sin más, todo lo que hemos hecho, dicho, guardado, pensado, a lo largo de nuestras vidas no será más que un vacío que puede que nuestros hijos sientan, pero las siguientes generaciones lo olvidarán, o, es más, ni siquiera llegarán a conocer nuestra existencia. Por eso quiero creer en la teoría de los 21 gramos que todos perdemos al morir...
Si es que, si me pongo a pensar sobre todo este follón, la vida no tiene el menor sentido, definitivamente. Pero un segundo más tarde estoy pensando en lo maravilloso que sería entonces aprovechar el tiempo que se nos da para poder sentirnos vivos, aunque sea a "corto plazo". Es por eso que la idea de desaparecer del mundo me aterra y, al mismo tiempo, me produce una curiosidad insaciable. Querría morir un día y resucitar, y saber si se siente algo o no.
Las ganas de vivir son lo único que sí puede resucitar, pero últimamente... Las fuerzas que creía de regreso a la vida se desvanecen. Y me jode. Lo suficiente para enfadarme conmigo misma, pero no lo necesario para dar lo mejor de mí. No temáis. Siempre nos quedará Robert Smith.
Algunas veces, mientras voy en el coche de copiloto y miro afuera a través de la ventanilla, me da por inventarme (porque no es otra cosa) los problemas de la gente. Vacilo acerca de las paranoias de cada personita andante y adivino cuáles pueden ser sus preocupaciones. La gente limpia los coches. La gente limpia... qué sé yo, las casas, los suelos, la ropa. Pero me pregunto quién limpiará la suciedad que poco a poco se adhiere a los sesos y se queda fijada aparentemente para siempre. Me pregunto qué será de nuestros sesos al morir, el interior de nuestra materia física, el cruce entre lo humano y lo extraterrestre. Todo está en nuestros sesos. Algo tan extraño que sólo funciona por electricidad, y sin embargo no nos electrocutamos. Al menos, no como estamos acostumbrados a ver. No somos más que un intento de una especie mejor.
No creo en los finales felices, simplemente porque no creo en los finales.
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