El otro día iba por la calle y, sin motivo ni razón aparentes, quería llorar porque no podía llorar. No salía una sola lágrima de mis ojos. Por eso puede que quisiera llorar, por ser a veces insensible, antisocial, ausente... porque no podía ser otra cosa que todo aquello que temí ser mientras crecía, en algún momento de mi vida. Andando debajo de la lluvia, convirtiéndome por momentos en una sombra de mí misma, un alma sola, vagando por algún lugar, pensando sobre el por qué de mi existencia. En ese momento necesitaba de tantas personas... Y estaba sola. Los sueños son sólo eso. Sueños. Pero ello no quita que la vida te ofrezca lo que habías soñado.
Y ahí estaba yo, debajo de unos escalones, sintiendo el sonido de los tacones de las chavalitas, cómo era pisoteada por la raza humana, que más que humana es infernal. ¿Será bueno entonces sentirse extraterrestre, sentirse parte de otra civilización? Mi cabeza sentía la vibración de agujas de 15 centímetros. Duelen y taladran la cabeza.
Todo está demasiado visto. Al menos, yo he visto ya demasiadas cosas como para repetirlas. Necesito que caiga algo del cielo y cambie mi agobiante rutina, pero sé con seguridad que nada caerá. Y eso me agobia más aún.
Me encantaría hablar con alguna estrella lejana, preguntarle si este planeta sigue siendo planeta o se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Aun recuerdo esos tacones... fusilan mi fe en mí misma, y eso es lo peor que le puede pasar a cualquier ser vivo. Eso me está pasando a mí, que no soy más que un cúmulo de células unidas por espacios vacíos, paradójicamente. La vida, como el cuerpo, no es más que una metáfora. Ojalá volviera a nacer cien años antes. Pero eso es también otro sueño. Y como me despertaré tarde o temprano, prefiero pensar que no soy otro ser humano más, sino que soy especial. Todo el mundo quiere sentirse especial, sentir que no forma parte del resto, que hay algo que lo diferencia radicalmente de los demás. Pero no nos damos cuenta de que vivimos las mismas vidas. Vidas inciertas, inseguras, patéticas, trágicas y... especiales. Todos en el mismo puto sitio. Me niego a ser un ser humano inútil más. Aunque lo soy, y eso me frustra salvajemente y me hace querer pegarle a alguien e insultar, vomitar, escupir. Porque, ¿qué coño haces cuando perteneces a una raza de la que no te sientes miembro? Pues joderte, como de costumbre.
En fin, todo depende del destino. ¿Cómo demostrarlo? Ni puta idea, pero así es. Igual que el karma no existe. Con la mierda que recubre mis neuronas tendría que haber sido muy feliz hace mucho tiempo. Y sinceramente, no lo soy.
Nada que no pueda arreglar una cerveza. Tras otra. Tras otra. Los problemas se convierten en anécdotas. Y eso también les pasa a quien fuma porros o se hincha de Valium. Acción y punto. Ojalá Dios existiera. Porque ya lo estoy necesitando mucho esta tarde, pero no es más que una ilusión podrida por el paso de los años que me repudia y me ignora. Quizás dentro de unos días vuelva a ser persona. De nada me sirve darme pena a mí misma.
Joder, que yo lo que necesito es un señor con dientes de perro y un ojo bien golpeado... Imposible, pero necesario como el aire que mi nariz secuestra ahora mismo.
Mi pregunta realmente es: ¿es normal que la obra de Mozart que más me guste sea lo poco que pudo componer del réquiem? Creo que es una música maravillosa, irrepetible, grandiosamente trágica, descriptiva de lo esporádico de la vida esta asquerosa terrenal mundana que nos ata a mitos inexistentes. Definitivamente, un psicólogo tendría bastante trabajo por delante con mi caso. Y eso me alegra. Sólo puedo pensar en la vulnerabilidad que acosa al ser humano desde que nace hasta que desaparece. Todo esto me produce un sentimiento entre alegría y pena. Si todo es tan bonito como la música de Mozart, entonces es un sentimiento hermoso.
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| Adoración del becerro, del gran Francis Picabia |

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